viernes, mayo 05, 2006

Izquierda-derecha, arriba-abajo

Como en barrio sésamo. Ya saben, un erizo rosa en pelotas, hola epi hola blas y cinco bonitos elefantes rosas saltando a la comba. Creo que recuerdan. Y si no la verdad es que da igual, era por empezar de alguna manera. Pues eso, que soy un tío y a mí me gustan las cosas simples. Ahora cerca, ahora lejos. Y graciosas. Esas me encantan, especialmente cuando no me acontecen a mí. Y esta que paso a relatarles no me ocurrió a mí sino a otro personaje que quiere permanecer en el iconomato y que por tanto llamaremos así en plan familiar: Arturo. Le dejaremos sin apellidos aunque ya les adelanto que no son ni Pérez ni Reverte, ni tampoco tiene una mesa redonda. Este tiene una espalda cuadrada, pero ese es otro tema del que ya haremos sangre en su momento. Si procediera o procediese, claro. Bueno, a lo que iba, un señor cualquiera al que daremos el nombre de Arturo. Pues este galán de esbelto caminar era un forofo del deporte de la canasta, creo que les suena, cinco sudorosos y fornidos muchachotes por bando luchando denodadamente por meterla en el agujero. Arturo incluso llegó a ser conocido en momentos de juventud, antes de toparse conmigo y con un cheriff pelijorro, por meterla como nadie desde lejos. Le dejabas un instante y ya te la había clavado. Un auténtico mito entre los sudorosos y fornidos muchachotes de los padres escolapios. Un no parar de meter.

Pues resulta que Arturo, en su desaforada búsqueda de momentos únicos de este deporte que les cuento, acabó un día no se sabe muy bien cómo ni porqué en la capital del imperio este donde todos los cerriles súbditos dejan que se les junte la noche con el día, que no viene a ser lo mismo a que no se ponga el sol, pero casi. Y en estas que en madrid (que es a la urbe a la que me refería con el circunloquio anterior) hay metro. Esto es una especie de morcilla de burgos pero de metal, con ruedas y faros que va metida por las profundidades de la tierra siguiendo unas vías de tren. Bueno, estrictamente hablando no son vías de tren porque según me han comentado estas son un poco más anchas, o más estrechas, o algo, pero el caso es que para mí son como la oveja dolly y su clon, o como la oveja dolly y cualquier otra oveja del mundo, o como un chino y otro chino. Creo que captan la idea. Clavaditas clavaditas las vías.

Esto del metro tiene la característica de que hay muchas líneas, hasta 10 he llegado a contar y no he seguido porque yo sólo llegué a lo de las 10 lindas focas azules en el trapecio. El 11 me le perdí. Claro, con tantas líneas tiene que ser un zipostio de muy padre y señor mío dirán ustedes. Nada de eso caballeros y caballeras. Simple a más no poder, de ahí lo de barrio sésamo de antes, que todo tiene su porqué. Las líneas en cuestión se distinguen por números y en caso de que alguien no sepa contar también por colores, y en caso de que alguien venga de daltonia también por números, aunque creo que eso ya lo he dicho. Pues eso, números y colores. Así que la cosa es fácil que te cagas, coges plano, escoges número o color lo que más rabia te dé, ubicas tu estación, ubicas la estación de destino, escoges uno de los dos posibles andenes (aquello de si es con barbas san antón y si no la purísima concepción) y te lanzas a la aventura de los carteristas, los acordeonistas, los guitarristas, los niños melones y demás farándula del inframundo. Como un parque temático pero más barato.

Hete aquí que nuestro querido amigo Arturo al que hace un rato que no mento, quería ir a la línea 6, o línea gris. Línea de metro característica donde las haiga porque resulta que no va de A a B (donde A y B son dos variables aleatorias y ergódicas cualquiera) sino que da vueltas a lo largo y ancho de la urbe. De hecho es la línea 6, o línea gris, o simplemente circular, por lo de las vueltas (que los madrileños son unos avispaos del quince para poner nombres). Arturo llegó a una parada donde se cruzan cuatro líneas. Uf, cuatro. Bueno, concentración, vista, valor y al toro. ¿Qué hacer? se dijo para sí mismo. Yo quiero ir a la línea gris, así que seguiremos las líneas de ese color. Bien Arturo, bien. Lo que les decía, cosas simples. Y sigue que te sigue cual garbancito y sus migas de pan llegó al punto al que todo hombre ha llegado alguna vez en su vida: ¿por qué agujero me meto?. Uno derecha, otro izquierda. Coño joder, los dos son grises. Maldito metro, no hay quien se entere. Pues nada, por el de la derecha y que sea lo que dios quiera. Y aquí es donde entra la OPBL también conocida como ley de Murphy o simplemente qué cagada chaval. Porque claro, nuestro ya ínclito Arturo quería avanzar 4 paradas de metro, lo que equivale a unos 10 minutos de ná, eso sí, por el andén 1. Por el otro andén también se llega, por aquello de las vueltas, pero en vez de 4 paradas hay que meterse entre pecho y espalda 26 para hacer el total de 30, que las tengo contadas. Problema: calcular el tiempo a invertir por el andén 2, da cercano a mecagoenlaostiaputaquiénmemandaríaamí. Aproximadamente. Por una ruperta gigante adivinen el andén que escogió Arturo.

Pues eso es todo por hoy, ya le grabaré al protagonista de la historia el episodio de la gallina caponata donde explica lo de los andenes, o quizá en su próxima onomástica aparezca con un topo, que esos son listos como pocos y sirven de perros guía.

Es viernes, es tarde, y la nigth me espera, sigan bien y follen mejor.

2 comentarios:

El Portu dijo...

Totalmente de acuerdo. Soy un patán.

Eso sí, ¿sirve como desagravio el hecho de que no me robaran la cartera a pesar de haber invertido taaaaaaanto tiempo ahí metido?

Yo creo que les di pena, fíjate.

caramelosdemora dijo...

eres grande,hombrealquelegustanlascosassimples
no se como he tenido paciencia para leermelo todo,pero me he partido
un saludo para el tal Arturo